El paso del tiempo y los orígenes

¿Qué pasa con las sensaciones del cuerpo que impertérritas anuncian el paso del tiempo? Su origen es ahora la cabeza, luego brazo, más tarde el corazón, todos pretenden capturar mi atención, alimentar el miedo y secuestrar el futuro. Mi corazón palpitante quiere salirse del pecho, el toque de la muerte parece avivar su ansia vital, aunque la energía vital ya no es la que era en aquella época de vitalidad desbordante y de ceguera congénita.

Todos neuróticos y nihilistas sería el título de un panegírico escrito como testamento a y confirmación de, un mundo desquiciado que camina hacia su auto-destrucción. Industria ciega a todo lo que no es beneficio, políticos astutos que hacen de la estrategia de burlar la verdad un arte nauseabundo, prensa y publicidad que viven de y se alimentan cotidianamente de la mentira interesada por cálculos partidistas. Todo ello combinado en un flujo asfixiante y cotidiano de imágenes que inundan a los cerebros aturdidos y a las almas famélicas de vida auténtica, que constituyen la materia prima y el resultado del modo de ser presente dominante en todos nosotros. 

Regreso a los orígenes como escape sintomático de la enfermedad que nos aqueja pero también ensayo a tientas de una salida original, precisamente por tratarse de la impactante posibilidad de atestiguar el retorno de un antiguo cadáver, como la resurrección de Lázaro pero sin Mesías que nos guíe. Si Heidegger proclamó que el ser humano en su esencia es un no ser, puesto que sólo existe como proyecto, sólo es en la medida que puede ser algo diferente a lo que se supone que es, la posibilidad de un pasado muerto pero inquietantemente vivo, enterrado por la época pero secretamente anidando en el corazón de la angustia vital expresiva de la neurosis global que nos azota, podría constituir la reconstrucción de un nuevo Da-Sein, la aurora del super hombre de Nietzsche remontando el vuelo a lomos de aquella verdad obsoleta que cuál Ave Fenix nos permite vislumbrar un nuevo horizonte.

Acabemos con ello, acabemos con la impostura de no saber, con la facilidad de culpar a los otros, al mundo o a uno mismo. No hay culpas ni rencillas, solo ojos que arden por ver más mundo, por vislumbrar atisbos de eternidad en lo que aparentemente se nos presenta como realidad fija, establecida por la asfixiante autoridad de los sentidos y las razones lógicamente aderezadas, convenientemente soportables. 

Puesto que a la larga o a la corta todos vamos directos al abismo, a ver si nos convencemos que lo que importa no es llegar o no llegar, sino que hacemos en el camino. Convertir la vida en un experimento creativo, en un viaje sin alforjas, solo vida hirviente que solo quema a los pusilánimes. En cada recoveco, en cualquier obstáculo que empantana el viaje poder ver el latido de un reto eterno a que nos expongamos a la mordida de lo real, de la vida recalcitrante que no se ajusta a nuestros planes ego-sintónicos, ni a fantasías tranquilizadoras.

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