Una mujer en Africa (White material)

Dir. Claire Denis (2011)

Guión: Claire Denis y Marie Ndiaye

Esta es un película dura. Su cruda narrativa nos coloca en un país de Africa convulso por la rebelión social. La protagonista, María Vial, (una mujer francesa) dueña de una plantación cafetera parece desafiar a todo el mundo por querer quedarse defendiendo su posesión en contra de la opinión de todos, incluido su esposo. Todos quieren emigrar excepto ella, las señales de inminente violencia se incrementan a la par de su obstinación en desoirlas.

La trama, narrada en paralelo mediante flash backs que nos sitúan en tres momentos de la historia,  antes de la crisis, en la crisis y por ultimo en su desenlace, nos muestra  una faceta de la condición humana,  que exige pensar en términos de contradicciones y paradojas, una fortaleza de ánimo junto a una especie de locura que sin ser delirante ya que no inhibe la comunicación ni el pensamiento, sigue una lógica destructiva implacable, la de unos seres humanos que parecen condenados a odiarse implacablemente para aniquilarse. La directora subraya esta dimensión de locura y sinsentido  al dibujar un vacío absoluto alrededor de las motivaciones políticas de uno y otro bando. Solo impera la destrucción del adversario en un ambiente de final del colonialismo y odio hacia los blancos. De hecho el título original de la obra, Material blanco, refleja mucho mejor el espíritu de la película que la anodina traducción al español de las distribuidoras,

Es, en cambio, en el único espacio de intimidad que  en la relación de la protagonista con su hijo donde se vislumbra quizás la condición esencial, que según los teóricos de la comunicación, resulta imprescindible para la posibilidad de la locura. Un doble vínculo entre madre hijo en el que se mezcla una blandura y aceptación acrítica por parte de la madre propiciada por la pulsión del deseo, con una indiferencia total frente al comportamiento anómalo de su hijo. 

Consigue con ello un relato crudo e inquietante, caótico y fascinante. Unas sensaciones que culminan en la ultima escena, en la que en medio del apoteosis de destrucción, ella ejecuta un asesinato cuyos motivos  son de imposible de discernimiento. No sabemos que la impulsa, entre el altruismo y la venganza, se abre un espacio abierto e incierto que agudiza el desasosiego omnipresente en toda la obra.

En una primera impresión parece que Clarie no logra imprimir coherencia y solidez al guión, incluso el montaje en paralelo adolece de la inclusión de algunas escenas irrelevantes e inexplicables, pero a la luz del impacto total de su obra creo que la directora consigue articular creativamente su mensaje a la audiencia, esto es, un  una inquietud extraña ante la desnudez impúdica de la violencia que parece innata en los seres humanos. Quizás esta sea la triste tesis que quiere defender.

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