Identidades obsoletas

Nuestra subjetividad e identidad contemporánea está anclada, desde el inicio de la modernidad en la idea de la dignidad humana, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, fue su institucionalización oficial. Europa y Occidente se han complacido desde entonces en su propia identidad y valores y se han convertido en los agentes universales de su proclama y “evangelización”. Signo distintivo de nuestra supuesta superioridad cultural o moral, hemos cuestionado todos aquellos pueblos, regímenes o circunstancias que no los respetaban.


A  la par, como muy bien se ocupó Foucault de investigar y hacernoslo saber, un proceso de cambio en las estrategias de control y de poder se iba instaurando que implicaba una transformación de régimen de los saberes y los discuros y las prácticas institucionales que han ido modelando un nuevo tipo de subjetividad identificada con estos valoes y a la vez sujetada a los procesos de producción, consumo y vigilancia y por las necesidades de gubernamentabilidad, control político de la población. De la estrategia carcelaria y punitiva a una estrategia reguladora, productora, y seductora que bajo el álgida de valores tales como la autonomía del sujeto, y su auto-responsabilidad, han coexistido con el macro-proceso histórico de un cambio revolucionario que bajo el paraguas de la tecnología y la ciencia nos han conducido a un nuevo tipo de realidad en el que no solo la economía y la política sino que la misma realidad se disuelve en una virtualidad global, abstracta en la que resultan irreconocibles los clásicos conceptos de identidad, filiación, diferenciación cultural, étnica y religiosa.

Por supuesto que aún quedan personas religiosas o que se sienten y actúan bakjo los parámetos de una identidad cultural, social, étnica, etc. pero ello no quita que la época, aquellas zonas del universo virtual que vivimos donde se toman las grandes decisiones está más allá de toda consideración y sujeción a ámbirtos geo-políticos o culturales vinculados a la identidad.

En tal escenario, de acuerdo al autor, se hace presente la muerte psicológica  del propio individuo. Identidad e individualidad se han vuelto obsoletos, redundantes. Lo que queda es una máscara compensatoria que más insiste en personalizar los mensajes y alabar lo personal cuanto más privado de vida real está. El resultado una hilarante exaltación del yo, selfies, webs personales, redes sociales donde lucir y expresar el propio ego y buscar vanas confirmaciones (likes) al vacío que anida en su corazón. 

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