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El «inconsciente colectivo» y el abandono de la verdad

En uno de sus últimos ensayos, aún no publicado, titulado “El rechazo del Hic. Reflexiones sobre el fiasco de la comunión de C. G. Jung», Wolfgang Giegerich escribe:

Si Jung hubiese continuado… como Freud, que no tenía interés en algo tal como el alma y su verdad, sino que estaba satisfecho con estudiar positivistamente (con un enfoque positivista) el funcionamiento del aparato psíquico, todo habría estado bien. Pero Jung quería, Jung necesitaba la “verdad”, a pesar de haber abandonado la base para la verdad voluntariamente y a sabiendas. Y así, después de haber desterrado de la vida real el sine qua non de la verdad, la participación del sujeto en la comunidad de sujetos, sumergió esta misma condición previa de la verdad (el aspecto comunal, el consensos gentium, o lo que él había llamado… “la fe de mi padre y de todos los demás” y “la fe general”, lo que Hegel un siglo y medio antes había llamado “la fe del mundo”) profundamente en “lo inconsciente” como “el inconsciente colectivo

Una comunidad sólo por nombre o declaración.

Este es el resumen del desarrollo inteligente del artículo, que claramente muestra la diferencia entre una verdad del alma (algo en sí mismo espiritual, lógico, y no sólo positivo-factual: la presencia objetiva y lógica -y no subjetiva emocional- del misterio) y las «experiencias vividas» que ávidamente busca el ego moderno, acontecimientos espectaculares y «subidones» para su autoafirmación y auto-edificación.

Como aclara al final del artículo, que versa sobre «la naturaleza comunal del alma», un sujeto existe sólo por virtud de una comunidad de sujetos. Sin ser reconocido lógicamente por otro sujeto, no hay sujeto en absoluto. El sujeto no es, como lo es un organismo viviente, una entidad que tenga una existencia propia. No es un hecho de la naturaleza. No hay primero un sujeto que luego sea también, o no sea, reconocido por otros e integrado en su comunidad. No, el reconocimiento mutuo -un acto psico-lógico- es la originación de la subjetividad. La subjetividad es contra naturam, al existir sólo en la esfera del Espíritu, de la mente, y por ello la idea de un sujeto aislado, atómico, es una contradicción en los términos. El sujeto requiere otro sujetos para llegar a ser; requiere el lenguaje, que es fundamentalmente comunal. La verdad y el alma existen una mutualidad de sujetos. No hay una cosa tal como un alma sin una comunidad. Al igual que el sujeto, tampoco el alma es algo natural, ontológico. Tiene que ser «hecha». Sólo llega a ser en un contexto social, cultural, lingüístico. Un embrión puede tener una psique, pero no tiene un alma.

Es en este sentido que ya Hegel había escrito, en el Prólogo a su Fenomenología del Espíritu:Por lo que respecta a la filosofía en el sentido propio de la palabra, vemos cómo la revelación inmediata de lo divino y el sano sentido común -que no se esfuerzan por cultivarse ni se cultivan en otros campos del saber ni en la verdadera filosofía- se consideran de un modo inmediato como un equivalente perfecto y un buen sustituto de aquel largo camino de la cultura, de aquel movimiento tan rico como profundo por el cualel espíritu arriba al saber, algo así como se dice que la achicoria es un buen sustituto del café. No resulta agradable ver cómo la ignorancia y hasta la misma tosquedad informe y sin gusto, incapaz de retener su pensamiento sobre una proposición abstracta, y menos aun sobre el entronque de varias, asegura ser ora la libertad y la tolerancia del pensamiento, ora la genialidad. Como es sabido, ésta hizo en otro tiempo tantos estragos en la poesía como ahora hace en la filosofía; pero, en vez de crear poesía, esta “genialidad”, cuando sus productos tenían algún sentido, producía una prosa trivial o, en los casos en que se remontaba por encima de ésta, discursos demenciales. Lo mismo ocurre ahora con el filosofar natural, que se reputa demasiado bueno para el concepto y que mediante la ausencia de éste, se considera como un pensamiento intuitivo y poético y lleva al mercado las arbitrarias combinaciones de una imaginación que no ha hecho más que desorganizarse al pasar por el pensamiento, productos que no son ni carne ni pescado, ni poesía ni filosofía.

Y, a la inversa, cuando discurre por el tranquilo cauce del sano sentido común, el filosofar natural produce, en el mejor de los casos, una retórica de verdades triviales. Y cuando se le echa en cara la insignificancia de estos resultados, nos asegura que el sentido y el contenido de ellos se hallan en “su corazón” y debieran hallarse también en el corazón de los demás, creyendo pronunciar algo inapelable al hablar de “la inocencia del corazón”, de la pureza de la conciencia y de otras cosas por el estilo, como sí contra ellas no hubiera nada que objetar ni nada que exigir. Pero lo importante no es dejar lo mejor recatado en el fondo del corazón, sino sacarlo de ese pozo y llevarlo a la luz del día. Hace ya largo tiempo que podían haberse ahorrado los esfuerzos de producir verdades últimas de esta clase, pues pueden encontrarse desde hace muchísimo tiempo en el catecismo, en los proverbios populares, etc. No resulta difícil captar tales verdades en lo que tienen de indeterminado o de torcido y, con frecuencia, revelar a su propia conciencia cabalmente las verdades opuestas. Y cuando esta conciencia trata de salir del embrollo en que se la ha metido, es para caer en un embrollo nuevo, diciendo tal vez que las cosas son, tal como está establecido, de tal o cual modo y que todo lo demás es puro sofisma; tópico éste a que suele recurrir el buen sentido en contra de la razón cultivada, a la manera como la ignorancia filosófica caracteriza de una vez por todas a la filosofía con el nombre de sueños de visionarios. El buen sentido apela al sentimiento, su oráculo interior, rompiendo con cuantos no coinciden con él; no tiene más remedio que declarar que no tiene ya nada más que decir a quien no encuentre y sienta en sí mismo lo que encuentra y siente él: en otras palabras, pisotea la raíz de la humanidad. Pues la naturaleza de ésta reside en tender apremiantemente hacia el acuerdo con los otros y su existencia se halla solamente en la comunidad de las conciencias llevada a cabo. Y lo antihumano, lo animal, consiste en querer mantenerse en el terreno del sentimiento y comunicarse solamente por medio de éste.”

El alma entendida como «la comunidad de conciencias llevada a cabo». Nada natural, nada «entitativo», pero no por ello «nada en absoluto».

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