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Nihilismo

¿Qué quería decir Nietzsche por nihilismo? No quería decir una filosofía a la que yo me apunto o a la que yo combato. No. El nihilismo es la pérdida total de significado que -lo reconozcas o no, te apuntes o no- invade tu existencia, porque invade la sociedad, la comunidad y el momento histórico en el que vives, respiras y eres, -pienses lo que pienses. El nihilismo no es una postura intelectual, es una realidad histórica. Está ahí, incluso está en ti, reconocido o no reconocido. Está en ti porque está en el mundo, y además no porque sea culpa de nadie. Y cuando lo van a interpretar como culpa, ahí ya salió el cristiano en ustedes, ese cura que llevamos dentro: «algo está mal, tendría que… me he de esforzar… he de pagar…». Ahí pueden ver como da patadas el cura que llevamos dentro, y el cura en nuestra cultura. Ahora no viene en forma de cura, ahora viene en forma de «conciencia ecológica…», «el mundo depende de ti…», etc., etc. Bueno, ese es el cura que está en ustedes, haciéndoles sentir que tienen un poder de decisión que no tienen, que son culpables de algo y que la vida sólo se puede explicar por culpables. En un momento de su obra Nietzsche se ríe de la gente (con dolor por cierto), de la explicación de que primero yo soy culpable, luego hay un alivio al ver que yo no soy culpable, pero luego entonces culpable es el sistema, culpables son los que mandan, etc. Uno no se puede liberar tan fácil de la estructura de la culpa, porque detrás de eso hay una necesidad de castigar y de acusar: la consciencia del esclavo. Nunca se entiende qué estructura de consciencia está operando ahí, y es la misma, ya sea que te acuses a ti o a otros, al sistema, a la corporación, al capitalismo, etc. Por eso la visión que en Nietzsche encuentra su expresión, es una visión que finalmente se expresa en algo que los curas y los moralistas en nosotros sentirán como una agresión: y es la inocencia del devenir. La historia es inocente, es injustamente inocente. El moralista quiere que todo quepa en su limitada idea de lo que es justo. En lugar de ser enseñado por la historia, sigue habiendo el cura en nosotros que juzga la historia. ¿Y cómo la juzga? Moralmente. ¿Con qué moralidad? Con una moralidad que tiene 2000 años, absolutamente decadente, pero es la que te enseñó papá, el abuelito, la escuela, etc., etc. Bueno, mientras vivas así eres un esclavo que llevas a cuestas ídolos, incapaz de pensar por ti mismo, incapaz de elevarse a la altura del pensamiento, un repetidor, es decir, como dice Nietzsche, el rebaño. Aceptar que la historia no sea moral ni inmoral, y que tenga su propio qué, y que no haya buenos ni malos, ni culpables ni inocentes es liberarse de 2000 años de cristianismo. Es muy difícil. En el ojo está continuamente ese afán, precisamente por ser un animal herido, de vindicatividad. ¿Qué vas a hacer con tanta rabia y con tanta furia si no hay a quién culpar? ¿Y qué haces si no hay un sistema al que acusar? «El sistema es el culpable». No es la causa del enfado, es el objetivo buscado para justificar la rabia, el resentimiento característico que provoca la debilidad de fuerza creativa. Ya no hay fuerza creativa. Pero en la rabia, por la pérdida de la creatividad, que muchas veces Nietzsche nombra como la pérdida de la realidad del instinto, que es la voluntad, crea seres resentidos. ¿Y cómo expresan su resentimiento? Con un juicio que busca juzgar, acusar y destruir. Esto es fuerte, porque de repente los buenos no son tan buenos. Toda la estructura de culpa, inocencia, buenos y malos, podría ser también un velo que ha ordenado al ser cristianamente, platónicamente.]

En su fascinante estudio sobre Nietzsche, Heidegger escribe que:
“«europeo» tiene aquí un significado histórico y dice lo mismo que «occidental» en el sentido de la historia occidental. Nietzsche utiliza el término «nihilismo» para designar el movimiento histórico que él reconoció por vez primera, ese movimiento ya dominante en los siglos precedentes y que determinará el siglo próximo, cuya interpretación más esencial resume en la breve frase: «Dios ha muerto». Esto quiere decir: el «Dios cristiano» ha perdido su poder sobre el ente y sobre el destino del hombre.
El «Dios cristiano» es al mismo tiempo la representación principal para referirse a lo «suprasensible» en general y a sus diferentes interpretaciones, a los «ideales» y «normas», a los «principios» y «reglas», a los «fines» y «valores» que han sido erigidos «sobre» el ente para darle al ente en su totalidad una finalidad, un orden y -tal como se dice resumiendo- «un sentido». El nihilismo es ese proceso histórico por el que el dominio de lo «suprasensible» caduca y se vuelve nulo, con lo que el ente mismo pierde su valor y su sentido.
El nihilismo es la historia del ente mismo, a través de la cual la muerte del Dios cristiano sale a la luz de manera lenta pero incontenible. Es posible que se siga creyendo aún en este Dios y que se siga considerando que su mundo es «efectivo», «eficaz» y «determinante». Esto se asemeja a ese proceso por el que aún brilla la apariencia resplandeciente de una estrella apagada hace milenios, lo cual, a pesar de ese brillo, no es más que una mera «apariencia».
Así, el nihilismo no es para Nietzsche de ningún modo una determinada opinión «defendida» por alguien, ni un «suceso» histórico cualquiera entre otros muchos que es posible catalogar historiográficamente. El nihilismo es, por el contrario, ese acaecimiento que dura desde hace tiempo en el que la verdad sobre el ente en su totalidad se transforma esencialmente y se encamina hacia un final determinado por ella.”

Hoy, cuando continuamente se hacen denuncias en contra de los amos del mundo, los políticos, los banqueros, los materialistas, las multinacionales, los terroristas, los inmigrantes, los fieles islámicos, los países ricos, los medios de comunicación, la conspiración judeo-masónica internacional, etc. etc., resulta al menos saludable detenerse a leer reflexivamente este apunte de Nietzsche.

Ello permite reflexionar sobre si se aprehende realmente a la historia en su íntima dinámica, cuando de antemano se da ya por supuesto que es consecuencia de la libre voluntad de agentes humanos (lo humano-demasiado-humano, diría Nietzsche), al menos psicológicamente hablando, o si acaso esta sobredeterminación de la «libre» voluntad humana no es sino otra forma de cegarnos ante «la inocencia del devenir». Ya han pasado más de 130 años desde que Nietzsche filosofara con el martillo a fin de liberarnos de toda mirada «moral» (y «moralista»).

Pero, a pesar de todo, los ídolos perviven….y los teólogos y sacerdotes contemporáneos ya no llevan los conocidos hábitos, sino que ahora toman la forma de bloggeros, de sanadores y terapeutas, de periodistas que ejercen el derecho a la libre expresión, de activistas sociales, de asesores expertos, de serios psicólogos, de eminentes científicos que predicen las circunstancias, de esmerados salvadores del mundo, de ayudadores de la humanidad, de cruzados del espíritu, de informadores objetivos, de portavoces de la cultura y afines.

El subrayado en la siguiente cita es mío.

Nietzsche: El ocaso de los ídolos

Error de (la idea de) la voluntad libre.

-Hoy no tenemos ya compasión alguna con el concepto de «voluntad libre»: sabemos demasiado bien lo que es: la más desacreditada artimaña de teólogos que existe, destinada a hacer «responsable» a la humanidad en el sentido de lo teólogos, es decir, a hacerla dependiente de ellos… Voy exponer aquí tan sólo la psicología de toda atribución de responsabilidad.

– En todo lugar en que se anda a la busca de responsabilidad suele ser el instinto de querer-castigar-y-juzgar el que anda en su busca. Se ha despojado de su inocencia al devenir cuando este o aquel otro modo de ser es atribuido a la voluntad, a las intenciones, a los actos de la responsabilidad: la doctrina de la voluntad ha sido inventada esencialmente con la finalidad de castigar, es decir, de querer-encontrar-culpables.

Toda la vieja psicología de la voluntad, tiene su presupuesto en el hecho de que sus autores, los sacerdotes colocados en la cúspide de las viejas comunidades, querían otorgarse el derecho de imponer castigos: querían otorgarle a Dios ese derecho… A los seres humanos se los imaginó «libres» para que pudieran ser juzgados, castigados, – para que pudieran ser culpables: por consiguiente, se tuvo que pensar que toda acción era querida, y que el origen de toda acción estaba situado en la consciencia ( -con lo cual el más radical fraude in psychologicis quedó convertido en principio de la psicología misma...)

Hoy (esta obra se publicó en 1889) que hemos ingresado en el movimiento opuesto a aquél, hoy que sobretodo nosotros, los inmoralistas, intentamos, con todas nuestras fuerzas, expulsar de nuevo del mundo el concepto de culpa y el concepto de castigo, y depurar de ellos la psicología, la historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones sociales, no hay a nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales, con el concepto de «orden moral del mundo», continúan infectando la inocencia del devenir por medio del «castigo» y la «culpa». El cristianismo es una metafísica del verdugo…” (Los cuatro grandes errores, § 7)

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